Por cada adelanto tecnológico significativo, desde los motores de búsqueda hasta la inteligencia artificial, siempre surge la misma pregunta: ¿debemos regular? ¿Es necesario crear reglas para evitar que estos avances terminen perjudicando a otras personas?
La respuesta, aunque a algunos les incomode, es sí. La historia nos ha demostrado que los seres humanos necesitamos normas de conducta para convivir en armonía, no solo entre nosotros, sino también con el entorno que nos rodea, y a tecnología no es la excepción.
Cada vez con más frecuencia leemos sobre políticas de la Unión Europea (UE) relacionadas con servicios que usamos a diario: redes sociales, plataformas digitales, buscadores y, más recientemente, la inteligencia artificial. Este grupo de países ha sido particularmente claro al reconocer cómo estas tecnologías influyen en el comportamiento humano, en la opinión pública y en la toma de decisiones.
En este 2026, la UE impulsa un marco regulatorio que impactará a redes sociales, creadores de contenido, plataformas tecnológicas y empresas digitales. El eje central es la transparencia. Entre estas normas destacan la Ley de Servicios Digitales (DSA), la Ley de Inteligencia Artificial y la Ley de Equidad Digital (DFA).
Uno de los cambios más visibles será la obligación de etiquetar el contenido generado por inteligencia artificial. Somos testigos de cómo este tipo de contenido crece sin freno. Aunque puede entretener, también puede desinformar, ya que cada vez resulta más difícil distinguir entre lo real y lo artificial. A esto se suma exigir de manera clara la publicidad en contenidos generados por creadores. En otras palabras, se acabaron los anuncios disfrazados.
Este tema es extenso y de por sí hace más complejo el ecosistema; quizás piense que esto es “por allá por Europa”, pero los ecos de estas leyes serán inspiración para reforzar las que ya tenemos sobre estos temas.














