Cuando hablamos de tecnología, no nos referimos necesariamente a computadoras, teléfonos inteligentes, satélites, “streaming” u otros tópicos que dominan titulares y hacen que las tiendas de consumo nunca se vacíen.
Tecnología, según la Real Academia Española, es “el conjunto de conocimientos y técnicas que permiten utilizar la ciencia para crear soluciones prácticas, como máquinas, herramientas, sistemas o métodos”. En este sentido, la tecnología abarca una gama de soluciones que nos facilitan la vida, como un elevador, un “air fryer” y mucho más.
La inteligencia artificial (IA) ha venido a resolver mucho más que escribir una publicación para redes sociales; forma parte de soluciones procesales de muchas empresas, gobiernos y sistemas educativos, tanto en servicios internos como externos.
Una de las mayores quejas sobre el uso de la IA es su dependencia y, a su vez, el abandono del aprendizaje. Me refiero a que muchos usuarios de estas herramientas ya no se esmeran en aprender un tópico o analizar situaciones para lograr una respuesta o tomar una acción; lo dejan a cargo de la IA. Es preocupante ver cómo las personas dependen cada día más de ChatGPT, Gemini y otros chats para saber cómo contestarle a alguien, enviar un correo electrónico o consultar su salud. El problema no es utilizar la herramienta —todo lo contrario, se inventaron para ayudarnos—, sino no emplear nuestros conocimientos para solucionar problemas.
Como sociedad, tenemos un gran reto en nuestras manos.













